La araña Ñokli

Por Javier Modino

Yo no quería hablar tanto de un proyecto en concreto, sino de ciertas inquietudes que me han surgido últimamente, y por eso propuse este cuento, que yo creo, puede dar buen pie para hablar del reparto de tareas en las prácticas colaborativas, los liderazgos, sus clases e importancia en los trabajos de equipo y los roles que tomamos dentro de las organizaciones.

La araña Ñokli
Érase una vez que se era, el día de graduación en el la universidad para arañas de Wichita (Ohio), dentro de la especialidad en telarañas de salón, había una joven araña llamada Ñokli. Por fin las jóvenes arañas estaban listas para salir en busca de un nuevo hogar. Mientras preparaban la expedición, los maestros repetían la norma básica una y otra vez:

– Buscad una familia con ambiente de igualdad y fraternidad. Recordad, son familias más felices, y si os atrapan tendréis muchas más posibilidades de salir vivas.

El grupo de arañas pronto encontró una primera casa. Ñokli, confirmó enseguida de qué tipo se trataba: era una familia tipo: “aita al sofá y ama a la cocina” de manual, las más peligrosa de todas. Como era de esperar, la madre y las hijas hacían casi todas las cosas, y cuando se les ocurría pedir ayuda, los otros se negaban a hacer nada que fuera “cosas de chicas”. ¡Y para ellos todo era cosa de chicas! Ñokli lo tenía claro, esa era la prueba definitiva de la falta de igualdad y de cariño. Si la atrapaban en aquella casa, le esperaría la peor de las torturas.

Continuaron su viaje y encontraron una familia distinta, donde todo el mundo hacía todas las tareas. Las repartían con tanta exactitud, que no parecía haber mejor prueba de igualdad. “Hoy te toca a ti, mañana me toca a mí”, “Aquí, nadie es esclavo de nadie, yo hago lo mío, tú haces lo tuyo” decían. Pero Ñokli no quería precipitarse, y siguió observando a tan igualísima familia. Le preocupaba la falta de alegría que había, se supone que una familia con tanta igualdad debería ser muy feliz. Pero como todos hacían de todo, todos dedicaban mucho tiempo a tareas que no les gustaban. Así que, aunque algunas arañas se quedaron allí, Ñokli decidió seguir buscando. Y acertó, porque aquella familia tan preocupada por repartir todo tan exactamente no pudo mantener ese equilibrio  durante mucho tiempo. Olvidaron por qué y para qué vivían juntos, terminaron repartiendo la casa y también unos cuantos soplamocos entre ellos. No se salvó ni una de las arañas que se habían quedado.

No tardó Ñokli en encontrar otra familia con aspecto alegre y feliz. A primera vista, no parecían vivir mucho la igualdad. Cada uno hacía tareas muy distintas, e incluso algunas tareas se repartían de la misma manera que en la familia “aita sofá, ama cocina” . Pero había mucha alegría, así que nuestra amiga Ñokli siguió investigando. Entonces descubrió que en esa familia había una igualdad especial. Aunque cada uno hacía tareas distintas, parecía que habían elegido sus favoritas y habían repartido las que menos les gustaban. Pero sobre todo, lo que hacía única esa familia, era que daba igual quien pidiera ayuda y para qué, cualquiera acudía siempre con una sonrisa. Y cuando finalmente, escuchó “aquí la responsabilidad y las tareas son de todos”, se convenció de que aquella era la casa ideal para vivir.

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